domingo, 22 de febrero de 2026

[Novela] Núm. 6—Volumen 1, Capítulo 4, Parte II

 A continuación de la parte I


Con una mano aún colocada sobre su cabello mientras dormía, Nezumi verificó la respiración de Shion que le resultó un poco débil, pero relajada, aunque no errática. 

“Lo pasaste”, pensó. 

Fue algo extraordinario. No exageró por cortesía ni por ánimo. Había mucha más vitalidad en Shion de lo que revelaba su aspecto, una vitalidad que era tenaz y fuerte. Nezumi miró el rostro durmiente de Shion —exhausto y debilitado, pero todavía respiraba con regularidad de todas maneras—, y se dio cuenta de lo cansado que él mismo estaba también; no estaba exhausto físicamente, sino mentalmente. No pudo entender ni aceptar lo que acababa de experimentar, y una sensación de intranquilidad le invadió la mente y le heló la misma sangre. 

“¿Qué está sucediendo allí?”, pensó.

En cuanto a Núm. 6, algo empezaba a formarse dentro de lo que se llamaba la «Ciudad Santa»; algo que superaba la profundidad de la imaginación humana estaba naciendo y se desarrollaba sin prisa pero sin pausa. Nezumi rebuscó en la parte trasera de un estante y sacó una placa de Petri que contenía algo que le quitó de debajo de la piel a Shion cuando abrió la ampolla. 

“No lo puedo creer”.

Sí, a veces pasaban cosas inconcebibles. La realidad traicionaba a la gente casi con demasiada facilidad, y llevaba la vida de las personas por impulso en direcciones inesperadas; a veces, las sumía en la más profunda desesperación. Era cruel y violenta, incluso absurda, y no se podía confiar. Cualquier cosa podría suceder en cualquier momento. 

Nezumi la conocía bien. Aun así, no podía evitar sentirse perturbado por esta realidad. ¿Era posible que algo así ocurriera? Aun así, la verdad era que ya había ocurrido. Era algo que no se podía ignorar, y ahora no podía hacer la vista gorda. 

Nezumi regresó a la cabecera de Shion, a quien le acarició levemente el cabello de nuevo.

“Cuando despiertes, ¿serás capaz de creer en esta realidad?”

¿Sería capaz de manejarla? Aquí estaba un chico al que acunaron y ampararon en el corazón de la Ciudad Santa hasta los doce años, y hasta los dieciséis años, vivió en el Pueblo Perdido —las afueras de la ciudad, sin embargo, seguía formando parte de ella de todas maneras—, y, como ciudadano, lo trataban como tal. ¿Alguien al que criaban en un caparazón tan amparado sería capaz de manejar la realidad? ¿Era lo suficientemente fuerte?

“Eso sí, probablemente no sea tan débil como para ser aplastado”.

Aun así, no lo sabía: no sabía cuánta fuerza o debilidad había en el chico que tranquilamente dormía ante él. Nezumi no sabía si lo resistiría o se desplomaría; sin embargo, Shion sobrevivió, y esa era otra realidad. Para sobrevivir, hay que hincarle el diente a la vida y plantarse. Sin importar si era antiestético o duro, los que deseaban la vida con más avidez eran los que sobrevivían. Nezumi, por experiencia, era plenamente consciente de este hecho. El chico ante él tenía esa avaricia. Era mucho más difícil sobrevivir de manera antiestética que morir de muerte hermosa y heroica; también tenía mucho más valor. De este hecho también Nezumi era plenamente consciente. 

“Estarás bien”.

Nezumi le humedeció los labios secos de Shion con agua. Después, silenciosamente abrió la puerta y se fue discretamente. El amanecer estaba ocurriendo, y el cielo se estaba clareando del negro al morado, y unas estrellas en el cielo parpadearon. 

—Núm. 6 —Nezumi le habló a la ciudad enorme que se alza sombríamente a lo lejos—, espera y verás: algún día, eliminaré esa infección tuya y la sacaré a la luz. 

Una estela de luz cruzó el cielo. Una bandada de aves levantó vuelo. El sol salió y la mañana llegó. La Cuadra Oeste seguía envuelta en oscuridad, sin embargo, la Ciudad Santa, inundada de la luz del sol naciente, brillaba como si se riera de ella con desprecio. Nezumi se quedó quieto, mirando a la ciudad silenciosamente. 


Las calles de abajo rebosaban de la luz. Nunca se cansaba de contemplar la escena matutina desde su habitación, y así de magnífica era. 

“Qué exquisito”. 

Las calles ordenadas y los colores exuberantes de los abundantes árboles que las bordeaban eran hermosos. Era un lugar de plena funcionalidad y vigor, y en ninguna parte se podía encontrar nada derrochador ni feo. Esto fue producto de las manos humanas, lo más alto posible. 

Se oyó un timbre, y un monitor incrustado en la pared parpadeó y mostró el rostro largo y delgado de un hombre. 

—Te pido disculpas por molestarte tan temprano por la mañana. 

—No hay necesidad. Te estuve esperando. 

—La investigación ha finalizado. Me gustaría informarte de los resultados directamente, cara a cara. 

—¿Cara a cara? Es bastante cauteloso de tu parte. ¿Algo está mal?

—Se escapó el sospechoso. 

—Así parece, por lo que he oído. Pues, seguramente no es de suma importancia. 

—Estuvo involucrado, y ayudó al sospechoso a escapar. 

El hombre en la pantalla empujó las gafas por la nariz, que tenían un armazón negro y eran visiblemente anticuados. Tal vez tenía la impresión de que le quedaban mejor porque no había cambiado el armazón ni una vez en los últimos diez años. 

—¿Estás seguro?

—Lo confirmamos: los garabatos vocales coinciden. 

—Ayudar a escapar, ¿eh? ¿Y cuál fue su método?

—Te informaré de todos los detalles pronto. 

—Entiendo. Te esperaré. 

—Entonces, con tu permiso.

La imagen desapareció y el monitor se desvaneció de nuevo en la pared. El hombre recorrió el ojo a su alrededor, luego miró por los cristales personalizados de su ventana hasta el cielo en expansión que estaba de un azul intenso que le cegó los ojos. Las estaciones estaban siguiendo su curso otra vez. 

—Pues bien, regresaste. 

¿Por qué regresó? ¿Por qué se dejó ver otra vez? Un solo pétalo se aflojó del ramo de rosas exhibido en su escritorio y cayó revoloteando silenciosamente al suelo. 

“Deberías haberte quedado en silencio donde estabas, idiota”. 

Aplastó el pétalo de carmesí con el pie, que se untó en la alfombra lujosa y dejó atrás una mancha que le recordaba de la sangre.  


Yamase estaba agachado en el suelo, abrazándose las rodillas con la cabeza bajada; se parecía a un niño enfurruñado tras ser regañado. 

—Yamase-san —lo llamó Shion, pero no hubo respuesta—. Yamase-san, ¿qué pasa?

Yamase se hizo en lágrimas. 

—Yamase-san, no llores. 

Shion puso la mano en el hombro de Yamase. Los sollozos angustiados de Yamase le hicieron pedazos en el corazón; fue doloroso escucharlo. 

—¿Qué te hace llorar así? ¿Hay algo que pueda hacer? 

—Sí. —La mano de Yamase le agarró el tobillo a Shion—. Shion, no quiero estar solo. ¿Por qué tuvieron que salvarte?

—¿Qué?

—Ven conmigo —le rogó—. Lo harás, ¿verdad?

—Yamase-san, ¿qué?

La mano que le agarró el tobillo cambió de color y comenzó a pudrirse; trozos de carne se descompusieron y cayeron del brazo de Yamase. Shion pudo ver su hueso asomando a través de la piel. 

—Iremos juntos… ¿verdad?

A Shion le tiraron del tobillo con más fuerza y lo arrastraron a la oscuridad total. El brazo de Yamase seguía pudriéndose a medida que crecía en longitud, y le envolvió alrededor del torso a Shion hasta que finalmente llegó al cuello y empezó a estrangularlo. 

—¡No! ¡Basta! 

—Shion… 

Shion extendió la mano lo más lejos que pudo. Sintió algo firme y definido, y cerró la mano y lo agarró con fuerza. Después, gritó. 

—¡No!

Shion se despertó con un sobresaltado, y su garganta estaba dolorosamente seca. 

—¿No, qué? —Nezumi le estuvo mirando a la cara con una expresión seria. 

—Nezumi… —murmuró aturdido Shion—. Oh… Estoy vivo… 

—Lo estás. Enhorabuena por tu regreso a salvo; y siento haberte arruinado el momento, pero ¿me sueltas la mano? Me la estás agarrando bastante fuerte y me duele. —Estaba agarrando la mano de Nezumi con tanta fuerza que sus dedos se le clavaban en la piel. Se había aferrado a su mano para escapar de la oscuridad—. ¿Quieres agua?

—Sí —respondió con gratitud Shion. El agua estaba fría, y le sació cada rincón del cuerpo de Shion—. Recuerdo que me diste agua así… una y otra vez —se formularon despacio las palabras que salieron de los labios de Shion en fragmentos torpes.

—Hay un manantial cerca que no está mal; es gratis, así que no necesitas preocuparte. 

—Me… me salvaste otra vez. 

—No fui yo quien te salvó. Aquí no hay médicos competentes ni centros médicos de todas maneras, y aunque los hubiera, no habrían servido de nada. Nadie podría haberte salvado; te reviviste. Diste la pelea. En realidad, estoy un poco impresionado. Te prometo que ya no te llamaré «muchachito». 

—Es todo… gracias a ti… 

Shion se llevó la mano a la cara para mirarla, que le resultó un poco reseca y áspera, pero no había manchas ni arrugas. Seguía siendo la misma mano joven. Suspiró de alivio.

—Tuve un mal sueño… —comenzó suavemente Shion—. Quería que alguien me ayudara, y extendí la mano lo más lejos que pude… y te agarré la mano. 

—Fue tan aterrador, ¿eh?

—Yamase-san estuvo allí, y me dijo que no puedo ser el único en ser salvo. Su brazo me envolvió desde el torso hasta el cuello… —Shion se fue apagando para palparse el cuello que estaba envuelto en vendajes. 

—¿Desde el torso hasta el cuello? —Nezumi inhaló de modo cortante, bajó la vista y se alejó de la cama. 

—Yamase-san nunca fue el tipo de persona que dijera eso… —Shion continuó razonadamente—. Se habría alegrado por mí de que me salvaran. ¿Por qué se me aparecería en los sueños y…?

—Es debido a que te sientes culpable por ello —le dijo Nezumi de modo cortante, y se envolvió los hombros con la tela de superfibra. Un ratón saltó a un hombro de una pila de libros—. Ese tal Yamase murió y sobreviviste. Te sientes culpable por ello, y por eso sueñas con cosas estúpidas así. 

—Todo te parece estúpido o inútil, ¿no?

—Gana cualquiera que viva. No te sientas culpable por haber sobrevivido. Si tienes tiempo para sentirte culpable, dedícate a vivir un día más o un minuto más. Y, de vez en cuando, recuerda a los que murieron antes que tú, y es lo suficientemente bueno. 

—¿Me lo estás diciendo? —le preguntó Shion. 

—¿Con quién más hablaría?

—Casi sonaba a que… —titubeó Shion—, te lo estuvieras diciendo a ti mismo…

Nezumi parpadeó, miró con fijeza a Shion un rato y después murmuró en voz baja: 

—Ridículo. 

Shion intentó levantarse en la cama, pero todavía no podía moverse el cuerpo tan bien como quería. Se dio cuenta de que su torso estaba bien envuelto en vendajes. 

—¿Por qué hay tantos?

—Eso es porque te rascaste de dolor. Acuéstate, todavía es demasiado pronto para que te muevas, y toma la medicina junto a tu almohada. Cuando llegue a casa, te invitaré a una sopa. 

—¿Vas a salir?

—Tengo que trabajar. 

Nezumi se alejó de Shion y rápidamente salió de la habitación. 


Shion tragó la píldora como se le dijo. Un ratón marrón le chirrió junto a un vaso de agua. 

—Gracias. 

Como si entendiera su agradecimiento, el ratón asintió con la cabeza y se posó en su pecho cuando volvió a acostarse. 

—¿Qué tipo de trabajo hace tu maestro?

—Chirrido, chirrido. 

—¿Cómo se llama? ¿Qué tipo de vida ha llevado hasta ahora? ¿Dónde nació, y qué…? —se fue apagando. Sintiéndose somnoliento, parecía que su cuerpo necesitaba un poco más de descanso tranquilo, y Shion cabeceó. Esta vez, no soñó, y cuando se despertó, la pesadez y el letargo habían desaparecido. No sintió ninguna molestia que no fuera un dolor sordo por la herida en el cuello, y su cuerpo se estaba recuperando rápidamente. 

No había nadie más en la habitación. Parecía que Nezumi aún no había regresado. Se había instalado una oscuridad tenue, y estaba en silencio. Shion giró la cabeza y vio que los tres ratones estaban acurrucados profundamente dormidos junto al cuello. Se levantó en silencio y se puso los zapatos. Tenía muchas ganas de respirar al aire libre; quería llenarse los pulmones de aire fresco. Shion caminó unos pasos cautelosos, quien estaba sudando por debajo de los vendajes que tenía alrededor del cuello y del pecho, y desenrolló los que tenía alrededor del cuello, y ahora le resultaba mucho más fácil respirar. Tenía los pasos ligeros, y no se sentía mareado ni tenía náuseas. Shion abrió la puerta y subió las escaleras. Una corriente de aire frío le escocía. El mundo a nivel del suelo estaba bañado de una luz rojiza, y era el atardecer. Las hojas coloridas caían de los árboles, bailaban en el viento, y con un crujido seco, revoloteaban al suelo. Al levantar la vista, podía ver que las ramas oscuras de los árboles, en su mayoría desnudas, se proyectaban en marcado contraste con el cielo, y, a lo lejos, podía ver Núm. 6. 

Shion sintió un ardor en la base de los ojos. No era por nostalgia de la ciudad donde nació y creció; fue la vista del paisaje de finales de otoño, este paisaje ordinario, que le tocó la cuerda sensible. Los crujidos distantes de las hojas caídas, el olor de la tierra y el color del cielo le llegaron mucho al corazón como arrancándole las lágrimas. 

“Se reirá mucho de mí si me ve así”. 

Shion se mordió el labio para contener las lágrimas, e inhaló profundamente. 

Detrás de él, oyó unas voces agudas a carcajadas. Shion se dio la vuelta, y, entre los árboles, a tres niños vio subir la pendiente hacia él; había dos niñas y un niño. ¿Vivían estos niños en la casa en ruinas que vio antes? Todos tenían caras redondas similares. No sabía de qué se reían con tanta alegría, pero Shion sintió que el ánimo se levantó solo con mirarlos. A Karan adoraba a los niños, y siempre solía tener ofertas que se conocían por los nombres como «A mitad de precio para los niños menores de diez años», así que la panadería siempre estaba llena de las voces de niños pequeños. Eso sí, eso estaba dentro del Núm. 6, y esto estaba fuera del Núm. 6. Aun así, a pesar de lo extraño que era el mundo de este lado del muro, las risotadas de los niños seguían siendo las mismas. 

La niña, que parecía ser la mayor de todos ellos, fue la primera en fijarse en Shion. Paró en seco, abrió los ojos de par en par y se puso tensa la cara. Shion no quiso asustarla; levantó la mano en señal de saludo y fue el primero en hablar: 

—¡Hola!

El niño pequeño que estaba detrás de la niña se puso a llorar. 

—¿Eh? Ah, no llores… —Shion hizo ademán de acercarse, pero se contorsionó la cara de la niña. 

—¡Serpiente! —chilló. 

Apresurándose a levantar al niño en los brazos y a tomarle a la otra niña de la mano, volvió a bajar la pendiente, y su chillido resonó hasta el atardecer. Shion se quedó parando en silencio aturdido. 

“¿Serpiente? ¿Por qué gritó? ¿Qué serpiente?”

No entendió las palabras de la niña.

“¿Qué vio ella?”

Se dio la vuelta. No había nada salvo el paisaje de los finales de otoño. No había serpientes ni aves; no había señales de ningún ser vivo. 

“¿Las sombras de las ramas le parecían una serpiente? … No, esa niña me miró directamente; me miró solo a mí”. 

Shion tembló; sintió un hormigueo en el cuero cabelludo. Se pasó la mano bruscamente por el flequillo y se lo jaló con fuerza, un hábito suyo cuando se agitaba. 

—¿Qué…? —A Shion se le cortó la respiración en la garganta. Hubo algunos mechones pegados entre los dedos, que eran de un tono blanco casi transparente, y reflejaron la luz del sol poniente y brillaron—. ¿Cómo? ¿Qué?

Se rasguñó la cabeza y se jaló más mechones, y todos resultaron ser los mismos. Sintió la cara; la piel bajo su palma estaba tonificada, y no había arrugas ni caídas. Sintió una sensación extraña en el cuello: había una ligera hinchazón bajo la piel que estaba envuelta alrededor del cuello. 

Shion apresuradamente se cayó medio rodando por las escaleras. 

“Un espejo, necesito un espejo”.

Derribó una pila de libros, y los ratones sorprendidos se lanzaron debajo de la cama. Encontró una puerta de madera junto al baño, y al abrirla, encontró un espacio lo suficientemente grande para que una persona pudiera tumbarse o levantarse. La pared trasera parecía un espejo; había varias cosas colgadas en las otras paredes, pero Shion no estaba de humor para comprobarlas. Encendió la luz, y se acercó más al espejo. Aunque se temblaron las piernas y las manos, se obligó a mirarse en el espejo. 

Gritó horrorizado débilmente. 

¿Qué estaba viendo en el espejo? ¿Qué era esto… esto…? 

Lo de «¡Serpiente!» que le chilló la niña brotó y le resonó al oído. Tenía que tomar aire, si no, sintió como si fuera a sofocarse por no poder respirar. Shion se tambaleó y se apoyó pesadamente contra la pared. Al asomarse al espejo, sus ojos estaban fijos a ello, y no se movían; no podía apartar la vista. 

Tenía el cabello canoso y resplandeciente; y había una serpiente, una sierpe roja de unos dos centímetros de ancho que estaba enrollada alrededor del cuello. Así lo parecía, y no tenía dudas al respecto. 

—No puede ser verdad… —Se quitó la ropa. Intentó arrancarse los vendajes que envolvían todo el cuerpo. Estaban bien enrolladas con cuidado, y se enredaron y se anudaron como burlándose de las manos torpezas de Shion. Cuando por fin los extremos de los vendajes se le desprendieron del cuerpo, Shion dio un grito ahogado. La franja de carmesí que le apareció en la piel iba desde el tobillo izquierdo, se enrollaba por la pierna y se extendía por la entrepierna y el torso, se enroscaba por la axila y llegaba hasta el cuello. Parecía, literalmente, que una sierpe le estaba ahogando. Culebreaba sobre el cuerpo desnudo: una cicatriz serpenteante. Le fallaron las rodillas y cayó lentamente encima de los vendajes desenredados. 

El cabello canoso y una sierpe roja: ese fue el precio que pagó para sobrevivir. 

—¿Te gusta mirarte desnudo? —dijo una voz, una tan baja que casi fue un susurro. Nezumi estaba apoyado contra la puerta detrás de él. 

—Nezumi… esto… 

—Apareció justo cuando te bajó la fiebre. La afección es solo superficial, y no es porque tus venas estén hinchadas, lo que significa que no se dañó tu circulación sistémica. ¿No es bueno?

—¿Bueno? ¿Qué tiene de bueno? Esto es… 

—Si no te gusta, puedes quitarlo —dijo en voz baja Nezumi—. El injerto de piel no es gran hazaña hoy en día, ¿verdad? En cuanto a tu cabello, puedes teñírtelo de otro color. No veo cuál es el problema. Pues, solo para que lo sepas… —hizo una pausa y se encogió ligeramente de hombros—, podemos hacer algo al respecto de tu cabello, pero no se podrá injertar la piel aquí. No tenemos la tecnología ni las instalaciones para hacerlo. —Su voz sonó tranquila e impasible, y no llevó ni el menor atisbo de compasión. Shion permaneció sentado donde estaba, mirando sin prestar atención el vendaje enredado alrededor de la pierna. 

—Shion. 

—… Sí…

—¿Lamentas estar vivo?

A Shion le costó un rato responder.

—… ¿Qué? —dijo con imprecisión—. Ah… ¿me dijiste algo?

Nezumi suspiró y se arrodilló ante Shion, y ahuecándole la barbilla con un dedo, le levantó la cara por la fuerza. 

—Deja de mirar hacia abajo y mírame. Sácate de encima tu aturdimiento y escucha lo que te estoy diciendo. ¿Lo lamentas?

—¿Lamentar…? ¿Qué?

—Estar vivo. 

—Lamentar… Te refieres… a desear que no sucediera, ¿verdad? …

—Obvio. No —dijo Nezumi sarcásticamente—, estaba hablando francés, como «la menthe» para «la menta». ¿En serio? Contrólate. ¿Te pasó algo a ese cerebro superdotado?

¿Arrepentimiento… de vivir? ¿Lamentaba el hecho de que estaba vivo y sentado aquí con el aspecto que tenía ahora? Shion sacudió despacio la cabeza. 

—No, no lo estoy. 

No quería morir. Aunque lo hubieran derribado, se arrastraría por el suelo para seguir con vida. No tenía esperanzas ni metas claras y no tenía visión del futuro. Su cuerpo cambió de forma sorprendente y su alma estaba en ebullición, pero todavía no quería morir. 

La vida estaba en el sabor delicioso del agua que le sació la garganta. Estaba en el color del cielo en expansión ante los ojos, el aire tranquilo de la noche, el pan recién horneado, la sensación definida de los dedos de alguien, la risa suave y reservada, la pregunta “Shion, ¿qué esperas?”, la confesión inesperada, la incertidumbre y en la vacilación. Todas estas cosas estaban relacionadas con estar vivo. No importaba en qué se convirtiera su aspecto, no quería ser apartado de ninguno de estos. 

—Nezumi… —susurró—, yo… quiero estar vivo. 

Las lágrimas que había contenido hasta ahora cedieron; una sola gota se derramó por su mejilla, y se la secó a toda prisa.

—No sirve de nada ocultarlo, idiota —susurró de voz suave Nezumi—. ¿Cómo pudiste llorar tan abiertamente así? ¿No te avergüenzas?

—Solo bajé la guardia, ¿vale? —le contestó con ira Shion—. Tengo dificultad para controlarme porque todavía no estoy emocionalmente estable. Soy un paciente en recuperación, así que deja de burlarte de mí. 

Nezumi miró la cara de Shion calladamente, luego estiró el brazo para agarrarle el pelo suavemente. 

—Si te molesta tanto, te tiño el pelo, pero se ve bastante bien por sí solo. Además… —Los dedos de Nezumi se movieron para trazar la cicatriz roja por el pecho de Shion—. Piénsalo, tienes una serpiente roja enrollada alrededor de tu cuerpo. Digo, me parece bastante atractiva.

—No me siento halagado para nada.

—Pues, tampoco me gusta verte desnudo —replicó Nezumi—. Ponte la ropa, y te daré un poco de sopa caliente de especialidad y carne.

Ahora que lo pensó, hacía mucho que no comía nada, y había una sensación de ardor por el estómago de Shion cuando le carcomía el hambre de repente. 

—¿Qué tipo de sopa? ¿Necesitas ayuda?

Nezumi parpadeó.

—Te recuperas bastante rápido, ¿no?

—¿Qué?

La voz de Nezumi de repente bajó y se puso ronca.

'Rodad, rodad en torno a este caldero;
Arrojemos en él envenenadas vísceras.
Sapo que bajo piedra fría
Treinta y un días con sus noches
Su veneno destila medio en sueños,
Hierve primero en la tina encantada'

—¿Qué es?

Macbeth. Es la escena en la que las tres brujas están preparando ojos de tritón, patas de rana y alas de murciélago en un caldero, cocinando su sopa de especialidad. Encantador, ¿no?

—Si así es tu idea de una sopa de especialidad, tendré que decir «no, gracias».

—En vez de alas de murciélago, usaremos pollo, y en vez de tritones, añadiremos una gran cantidad de verduras frescas; sustituiremos las ranas por un diente de ajo. Solo un momento de espera, Su Majestad. 

La sopa de especialidad de Nezumi estaba muy caliente, y estaba más deliciosa que cualquier cosa que hubiera probado Shion. 


Nota de la traductora:

1. Shakespeare, William R., and Harold Bloom. Macbeth. New Haven, CT: Yale UP, 2005. (Acto IV, Escena I ll. 4-9). Encontré una traducción al español


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